Para volver a creer

14 noviembre 2006

¿Bailamos?

Hoy me provoca un mundo bailar contigo. Estaríamos bailando salsa sabrosita, como de Los Adolescentes, Gilberto o Víctor Manuelle. Yo llevaría tacones y jeans o una falda que se mueva. Tú tendrías una de tus camisas de cuadros que tanto me gustan, o las unicolores que a ti te gustan más. Podríamos estar hasta en pijama, como cuando bailamos en la sala de tu casa. Podríamos estar solos o acompañados, eso es lo de menos. Tomarías mi cintura y yo tu cuello. Juntos. Cerca. ¿Quieres?
Me hace falta tu contacto, tu abrazo, tu roce, tener tus brazos rodeándome, y todo tu cuerpo mirándome bailar, para ti y contigo. ¿Bailamos? El cuándo no es problema. ¿Quieres?
Parece una impertinencia sacarte a bailar. Una dama no debe atreverse a tanto. Pero la confianza me permite, además de hablarte con franqueza, escuchar salsa en mi oficina, cerrar los ojos un segundo eterno y bailar contigo.

13 octubre 2006

Todos los días de cumplemeses

Tan sólo con mirar hacia abajo hubiéramos podido imaginar y escribir mil historias. Apoyados de la baranda veíamos pasar el tiempo de una ciudad y nuestro propio tiempo nos esperaba.
Tú sabías con exactitud lo que iba a pasar, yo apenas lo sospechaba.
Hacía semanas que te pensaba a diario y que nuestros besos habían empezado a existir en la sombra del anonimato.
Es increíble como se puede recordar un instante preciso. Olvidamos tantas cosas en la vida: rostros de personas importantes, momentos de año nuevo, viajes familiares, disgustos, peleas, pesares, amores. A veces, también recordamos lo que suponemos intrascendente: sabores, olores, espacios, rostros sin nombre que nunca conocimos.
Pero están los recuerdos invariables, como el de hoy, el de todos los días como hoy. Son una película, una foto nítida, con colores, sabores y temperaturas. De ese día, puedo recordar hasta el sonido de la tierra debajo de mis pasos.
No sé si atribuírselo al amor, sería demasiado fácil. Pero es delicioso saber que aunque todo cambie, ese recuerdo y tantos otros, seguirán con nosotros.
Somos una fábrica de momentos hermosos. De nosotros depende mantenernos en pie.

09 octubre 2006

La hija de la bibliotecaria

Desde que la conozco ha tenido los cabellos negrísimos, largos y abundantes. Cuando estábamos en el colegio no la soportaba. Su madre siempre me mandaba a hacer silencio y a mis trece años cualquier autoridad se me antojaba odiable.
Cuando llegué a la Universidad, con mis libretas nuevas y mi adolescencia sin terminar, la vi de lejos. En otras ocasiones me la encontré de frente y no me reconoció. La "hija de la bibliotecaria", como la llamábamos en el colegio, estudiaba en mi escuela.
Se había hecho bachiller un año antes que yo y ya bailaba cómoda los ritmos que yo escucharía más tarde. Pero en los cuatro años que llevo en la Universidad, nunca nos hablamos. Hasta hoy.
Apenas la hija de la bibliotecaria entró al salón de clases supe que sería mi profesora. Iba vestida como siempre desde que la conozco: formal para su edad, con líneas sencillas, nada extravagante, nada diferente, excepto su mirada.
Disimulaba la ansiedad de la primera impresión con su verbo fácil y jugaba con el borde de sus dedos. Pero en sus ojos se notaban las ganas de agradar. Su esfuerzo sutíl e imperceptible me sorprendió. En todos los pasillos donde nos cruzamos alguna vez, nunca me pareció que necesitara nada más que a sí misma.
Es una opinión arbitraria pero no injusta. Hoy en día es fácil admirar a quienes no se traicionan. Mostrarse cercana, sencilla y accesible sin ceder un ápice de esa aurora que la rodea desde que la conozco, sólo confirma todas las primeras impresiones que me ha causado: es una mujer inteligente.
He tenido profesores zoquetes que para ganarse el respeto de la clase se ufanan de ser los Atila de la academia o, en el otro extremo, se dejan ver ocurrentes, "buena gente", "chéveres". Tanta sobreactuación levanta sospecha. Viene haciendo falta la gente auténtica, con una autoridad que nazca desde el respeto a sí mismos y a los demás. Ese tipo de autoridad que mi profesora supo transmitir y que quizá heredó de su madre. La diferencia es que yo ya no tengo trece años y "la hija de la bibliotecaria" pidió que la llamaran por su nombre.

04 octubre 2006

Cambiemos de tema

Hablemos del último programa de animales que viste, de cuántas veces me desperté anoche, de tu viaje a Mérida, de mi último semestre, de google earth y las veces que no hemos estado en la torre Eiffel.
Hagamos planes imposibles para la temporada de béisbol, cuéntame el chisme nuevo de tu universidad, yo te contaré qué comí hoy y cómo va la política.
Hurguemos en lo que más nos gusta del otro, recordemos sin decirlo nuestros mejores besos, dime que debo ahorrar el sueldo, cuéntame un chiste. Yo cantaré una canción que exista, para variar, y me quejaré de la ropa que tengo por planchar.
Hoy hay buenas noticias, siempre las hay. Despídete de mí como si no quisieras, déjame extrañarte en serio, irme a dormir sin acurrucarme al vacío. Bajemos los niveles de drama. El mundo no se va a acabar. Y si se acaba mañana, habremos conversado sin pelear.

02 octubre 2006

Intoxicada

Acabo de llegar del servicio médico. Resulta que a parte del largísimo fin de semana, algo en mi cuerpo estaba tramando contra mí. He andado por las calles intoxicada, sin saberlo.
Ayer leía en el periódico que el 90% de los seropositivos no saben que están infectados. No caben las comparaciones, pero es inquietante pensar todo lo que ignoramos, o peor, todo lo que no llegamos a saber jamás, incluso de nuestro propio cuerpo.
Es angustiante hacerse preguntas. A veces no queremos pensar, a veces queremos tener la mente en blanco. A veces no tenemos respuestas. Eso lo entiendo. Te entiendo. Pero mi oficio es preguntar, dicen los que saben, entonces te increpo: dónde estás cuando decides quererme menos.
Hoy la doctora me preguntó qué comí ayer, qué pudo hacerme daño. Estuve a punto de responderle que me tragué un mal plato de tristeza amarga, que no tengo respuesta, que te pregunte a ti.